viernes, 25 de julio de 2008

UNGÜENTO

Quizás lo complicaba todo. Creaba mundos imaginarios y lo peor es que terminó viviendo en ellos. Se negaba a observar con unas nuevas pupilas. Le gustaban las suyas, curtidas en paraísos y avernos. No sabía entender de otra forma, ni ser. Cada semana envolvía los órganos de su cuerpo con una fina capa de crema - a 75º e incapaz de ser vista por el ojo humano-, era extremadamente pegajosa y agridulce. Aquella acción semanal, consciente o no, le gustaba y lo odiaba. No sabe vivir de otra forma. Calmaba y excitaba los fotogramas de su vida, removía como un huracán sus vértebras y le hacía perder el equilibrio.

(El problema surge cuando se comienza a recordar. Aquel ungüento arde en los tejidos de aquellos órganos. )

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