lunes, 6 de julio de 2009

historias mínimas

Barcelona, 04:00... descanso para hora bruja y rodar...


Creí que estaba muerto. Lo creí hasta el momento en el que entré en aquella calle. El nauseabundo olor a pis inundó mis fosas nasales, la humedad calaba mis huesos y con cada paso me adentraba un poco más en aquella turbia tiniebla.

Mi mirada fue desviada del suelo en la vigésima pisada. Justo en aquel momento llegué a un gran ventanal. Lo recubrían unas inmensas barras oxidadas, rugosas y densas; el óxido siempre me pareció bello -a diferencia de otras personas-.

De aquellas rejas salía un hedor caliente y dulce, un sonido chirriante a gemidos, un pesado y espeso clima a sexo sucio. Curioso fijé la mirada y tras escasos segundos me erguí firme a continuar mis pasos.

Querrán saber explícitamente lo que vi. No se lo diré, pero si les contaré algo aún mejor. Planteense, en cuanto a las rejas oxidadas...

¿cuanto tiempo llevarían allí postradas?, desdibujando el personal que pasaba junto a ellas, ¿cuantas personas dejarían sus cuerpos caer sobre ellas?, parejas treinteañeras discutiendo tras haber vuelto de su viaje de novios de las islas mauricio; dos quinceañeros que torpemente y nerviosos se besaron por primera vez allí; un hombre solitario enloquecido de celos que grita por su teléfono; una mano anciana corroída por el paso del tiempo que se agarra en aquel ventanal cada mañana a las 12:40 descansando tras una larga jornada de mercado...

¿Cuantas historias podrían contarnos aquellas rejas? Cuantas que nunca nos contaran así como yo jamás contaré lo que pude observar aquella noche..

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